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Economía, riesgo e inteligencia artificial: por qué no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época

Jun 15, 2026 | AREA XXI, España, Financieras

Economía, riesgo e inteligencia artificial: por qué no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época

En el programa en Café con Riesgo (Capital Radio) de este jueves dirigido y presentado por Santiago (Socio-Director de AREA XXI, entrevistamos a Luis Garvía, director del Master de Gestión de Riesgos en ICADE, que analizó el “cambio de época” que vive la economía global: el paso de un mundo industrial a uno digital, donde el reto ya no es acceder a información, sino filtrarla con criterio.

En este entorno, la gestión de riesgos se convierte en una función estratégica: exige información de calidad, calidad del dato, capacidad de selección frente al “ruido” y una lectura transversal de factores macroeconómicos (inflación, deuda, liquidez, tecnología y tensiones geopolíticas).

Luis Garvía advirtió sobre una “bola de nieve” de liquidez alimentada por déficits públicos y fuertes necesidades de capital de las grandes tecnológicas, incrementando la fragilidad sistémica. Frente a indicadores agregados, cuestionó su utilidad para medir el impacto real en hogares y desigualdad, insistiendo en que los promedios pueden “maquillar” la realidad.

Finalmente, defendió que gestionar riesgo implica también actitud profesional: disfrutar el análisis, asesorar decisiones críticas y, cuando procede, decir “no” para proteger la sostenibilidad en el corto y medio plazo, especialmente en sectores financieros y regulados.

Enlace al podcast: Capital Radio

Hablar hoy de economía, riesgo e inteligencia artificial obliga a empezar por una idea incómoda: no estamos simplemente atravesando una racha movida. Estamos entrando en un mundo distinto.

La sensación de aceleración es evidente. Inflación, tipos de interés, tensiones geopolíticas, deuda pública, crisis de vivienda, digitalización, IA, mercados en máximos y una incertidumbre que no termina de disiparse. Todo ocurre a la vez. Y, sin embargo, el mayor error sería mirar este momento con categorías viejas.

Lo que tenemos delante no es una suma de problemas aislados. Es un cambio estructural de enorme profundidad. Algo comparable, por su impacto, a lo que supuso en su día la imprenta.

Un cambio de época, no una simple sucesión de sobresaltos

La comparación con la imprenta no es exagerada. Cuando el conocimiento dejó de estar encerrado en unos pocos espacios y empezó a circular, el mundo cambió por completo. Cambiaron las instituciones, cambió el poder y cambiaron hasta las formas de conflicto.

Ahora está ocurriendo algo parecido. Venimos de un mundo industrial, con instituciones diseñadas para otro ritmo, y nos estamos desplazando hacia un entorno plenamente digital. La gran diferencia de este nuevo escenario es la inmediatez en el acceso a la información.

Eso transforma la economía, las finanzas y, de forma muy especial, la gestión del riesgo.

Antes costaba conseguir información. Ahora cuesta filtrarla

Hace no tanto, acceder a una canción, a un dato o a una referencia concreta exigía tiempo, paciencia y un esfuerzo real. La información era escasa, o al menos estaba más lejos.

Hoy sucede lo contrario. Todo está a un clic. Y precisamente por eso aparece un problema nuevo: la parálisis por exceso de análisis.

El riesgo ya no está tanto en no encontrar información, sino en no saber escogerla. Hay demasiadas fuentes, demasiados expertos, demasiados mensajes compitiendo por la atención. Elegir bien a quién escuchar se ha convertido en una competencia crítica.

En este entorno, gestionar bien la información importa tanto como tenerla.

La inteligencia artificial no es una moda más

La inteligencia artificial forma parte de esas «cosas nuevas» que obligan a replantearlo todo. No es un accesorio tecnológico ni una tendencia pasajera. Es uno de los motores de este cambio de época.

Su impacto va más allá de la productividad. Reordena los incentivos, altera los modelos de negocio, concentra poder y modifica la forma en que se crea valor. También redefine la forma de trabajar en sectores como las finanzas, la consultoría, la gestión y el análisis de riesgos.

Y aquí hay una idea importante: la IA no elimina la necesidad del criterio humano. Más bien la vuelve más valiosa. Cuanto mayor es el ruido, más importante resulta la capacidad de preguntar bien, interpretar bien y decidir bien.

¿Cómo medimos realmente lo que está pasando?

Una tentación habitual es pensar que basta con mirar la inflación o los tipos de interés para entender el momento económico. El problema es que esos indicadores, siendo relevantes, no capturan toda la realidad.

La inflación, por ejemplo, ofrece una media. Y las medias pueden esconder más de lo que revelan.

Si unos bienes bajan de precio y otros suben con fuerza, el dato agregado puede parecer estable mientras muchas familias empeoran. Además, hay elementos esenciales de la vida económica que no quedan bien reflejados en ese termómetro:

  • El coste real de la vivienda
  • La evolución de los salarios
  • La rentabilidad de ciertos activos
  • La divergencia entre quienes tienen acceso a oportunidades y quienes se quedan fuera

Por eso un dato de inflación contenido puede convivir con una percepción social de ahogo. El maquillaje estadístico no corrige el deterioro de fondo.

La digitalización también está ampliando la desigualdad

La revolución tecnológica tiene un lado brillante, pero también uno duro. Quien domina la tecnología y está cerca de las nuevas plataformas productivas va a capturar más renta, más influencia y más opciones.

Quien no consiga subirse a ese tren corre el riesgo de quedarse atrás.

La desigualdad del mundo industrial no desaparece. Se transforma. Antes se hablaba de acceso a medios de producción físicos. Ahora los medios de producción son también plataformas, datos, redes, capacidad de distribución y conocimiento técnico.

Eso crea una fractura muy visible entre quienes tienen acceso a ese nuevo ecosistema y quienes no.

La gran protagonista silenciosa: la liquidez

Cuando se enseña finanzas, casi toda la atención se la llevan dos conceptos: rentabilidad y riesgo. Pero hay una tercera pieza, mucho menos glamurosa y a menudo decisiva: la liquidez.

Y ahora mismo esa es la palabra clave.

Estamos inmersos en una enorme bola de nieve de liquidez. Gobiernos y grandes empresas tecnológicas demandan cantidades ingentes de capital, y los incentivos políticos y de mercado no están ayudando precisamente a frenar esa dinámica.

Por qué la liquidez importa tanto ahora

  • La deuda pública sigue creciendo, alimentada por déficits persistentes y por una política en campaña casi permanente.
  • Las grandes tecnológicas necesitan inversiones gigantescas en centros de datos, infraestructura, energía y capacidad computacional.
  • El CAPEX ya no es una inversión puntual, sino una exigencia recurrente de decenas de miles de millones.
  • El contexto geopolítico añade tensión y limita la entrada de parte de la liquidez global que antes parecía más estable.

El resultado es una presión creciente sobre el sistema. Mucha necesidad de financiación, mucha dependencia de que el flujo no se corte y muy poca sensación de control real.

¿Habrá un crack? El mercado vive con esa idea de fondo

La posibilidad de una corrección fuerte está en el ambiente. Se percibe. Se comenta. Se masculla desde hace tiempo. Y, sin embargo, los mercados siguen moviéndose cerca de máximos en muchos momentos.

Esa contradicción genera comportamientos curiosos. Ya no se busca refugio de la forma clásica, escondiendo el dinero y esperando. Lo que muchos esperan es otra cosa: tener liquidez disponible para comprar cuando llegue la caída.

Ese enfoque del buy the dip está muy presente.

Activos refugio y resiliencia

Cuando se habla de protección, aparecen los sospechosos habituales:

  • Oro, para el perfil más tradicional.
  • Bitcoin, para quien busca una alternativa más agresiva y digital.
  • Dólar y liquidez, para quien quiere capacidad de maniobra inmediata.

En un escenario de estrés, la liquidez adquiere un valor extraordinario. Tener patrimonio no siempre equivale a tener margen de acción. Puedes tener activos, inmuebles o bienes, pero si no puedes convertirlos fácilmente en capacidad de decisión, estás en desventaja.

En tiempos de crisis, la liquidez da libertad. Y esa libertad cotiza alto.

España: pensiones, vivienda y jóvenes atrapados

Si hay dos temas especialmente explosivos en España, son las pensiones y la vivienda. Basta nombrarlos para que suba la temperatura del debate. Y, sin embargo, precisamente por eso son los dos temas que más exigen valentía.

La preocupación de fondo no es solo presupuestaria. Es generacional.

Cuando una parte importante de los jóvenes no puede emanciparse hasta bien entrada la treintena, cuando el acceso a la primera vivienda en propiedad se retrasa casi hasta los cuarenta, y cuando formar una familia se convierte en una carrera de obstáculos, el problema ya no es individual. Es estructural.

El círculo vicioso demográfico y económico

  • La emancipación llega más tarde que en buena parte de Europa.
  • La compra de vivienda se retrasa de forma notable.
  • Se forman menos hogares y más tarde.
  • La edad para tener hijos también se desplaza.
  • La pirámide demográfica se estrecha todavía más.

Todo eso repercute en la sostenibilidad del sistema, en el mercado laboral, en el consumo y en la confianza colectiva.

La reforma que debería empezar por algún sitio: vivienda juvenil

Cuando los problemas son tan grandes, existe el riesgo de quedarse bloqueado. Por eso conviene fijar un punto de partida claro. Y uno de los más razonables es este: un pacto de Estado por la vivienda juvenil.

No porque sea el único problema, sino porque puede convertirse en una señal potente de que el país todavía es capaz de construir futuro.

Un acuerdo serio en esta materia tendría varios efectos a la vez:

  • Devolvería algo de confianza a la población joven.
  • Conectaría el esfuerzo fiscal con resultados tangibles.
  • Reduciría la sensación de bloqueo vital.
  • Serviría como base para abordar después otras reformas más complejas.

La clave es entender que el riesgo es la otra cara de la confianza. Si una generación no confía en el sistema, el sistema entero se debilita.

Menos polarización y más pactos de Estado

La política española vive instalada en una tensión casi permanente. Mucho ruido, mucha confrontación y poco espacio para los acuerdos duraderos. Pero algunos asuntos no se pueden seguir gestionando desde la táctica diaria.

Vivienda, pensiones, deuda, productividad, educación financiera y digitalización necesitan una lógica distinta. Exigen generosidad, no cálculo corto. Exigen pensar menos en el titular y más en la siguiente generación.

Sin ese cambio de actitud, cualquier solución será parcial y probablemente temporal.

Qué significa realmente gestionar el riesgo

La gestión de riesgos no consiste solo en detectar amenazas ni en levantar barreras. Es algo más completo y mucho más interesante.

Se apoya, al menos, en dos pilares fundamentales:

1. Información de calidad

No basta con tener datos. Hay que saber seleccionarlos, interpretarlos y darles contexto. En un mundo saturado de señales, el criterio es una ventaja competitiva.

2. Actitud ante la incertidumbre

Gestionar riesgos exige una disposición intelectual muy concreta. No se trata de sufrir la incertidumbre, sino de trabajar bien dentro de ella. De hecho, cuanto más incierto es el entorno, más valor aporta un buen profesional del riesgo.

Ese trabajo implica:

  • Disfrutar analizando
  • Ordenar escenarios complejos
  • Asesorar decisiones difíciles
  • Saber decir que no cuando toca
  • Proteger la supervivencia a corto y medio plazo

Es una profesión muy intelectual, muy estratégica y con una dimensión práctica enorme. Y además tiene una ventaja poco menor: sirve en muchos sectores, especialmente en el financiero y en los ámbitos regulados.

Por qué la inteligencia artificial hace más interesante el trabajo en riesgos

Puede parecer paradójico, pero la IA no reduce la relevancia de la gestión de riesgos. La amplía.

Cuanto más se automatizan los procesos, más importantes son los puntos ciegos, los riesgos sistémicos, las interdependencias y los fallos de segundo orden. Ahí es donde el juicio humano sigue siendo decisivo.

La tecnología resuelve mucho. Pero todavía necesita personas capaces de detectar lo que no encaja, lo que no estaba previsto y lo que puede romperse precisamente porque todos confían demasiado en el sistema.

Una lección útil incluso fuera de la economía: quien se enfada, pierde

Hay una idea que sirve tanto para la gestión de riesgos como para el debate público, la negociación y hasta las intervenciones en televisión: quien se enfada, pierde.

En la radio se puede argumentar con más calma y desarrollar una idea. En televisión, especialmente en formatos tensos, la dinámica se parece más a un partido físico: hay que entrar con claridad, lanzar ideas concretas, avanzar y mantener el control.

Esa disciplina también es útil en la empresa y en la vida pública. Perder el centro casi siempre sale caro.

La educación financiera vuelve a ser un fundamento básico

Cuantas más cosas cambian, más valor tienen los principios. Educación, método, preguntas bien hechas, pensamiento crítico y fundamentos financieros. Eso sigue siendo imprescindible.

Como en el baloncesto, hay básicos que no pasan de moda. Botar, pasar y tirar. En economía y gestión ocurre algo parecido. Comprender la liquidez, distinguir señal de ruido, entender incentivos y pensar a largo plazo sigue siendo lo esencial.

No sabemos con exactitud hacia dónde irá todo esto. Pero sí sabemos qué herramientas hacen falta para no moverse a ciegas.

Una idea final para orientarse en medio del ruido

El momento es complejo, sí. Hay razones de sobra para la inquietud. Pero también conviene recordar algo: en los grandes ciclos históricos, la humanidad ha sido capaz de crear más conocimiento, más infraestructura y mejores condiciones de vida, aunque el camino haya estado lleno de sombras.

Eso no invita al conformismo. Invita a la responsabilidad.

Si de verdad estamos en un cambio de época, la tarea no consiste en resistirse al cambio como si fuera una molestia pasajera. La tarea es entenderlo, medirlo mejor, reducir el ruido, proteger la confianza y tomar decisiones con más criterio.

Ahí es donde economía, riesgo e inteligencia artificial se cruzan de verdad.

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