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Un mundo falaz: geopolítica, emociones y el nuevo campo de batalla de la información

Abr 15, 2026 | AREA XXI, Financieras, Mundo

Un mundo falaz: geopolítica, emociones y el nuevo campo de batalla de la información

En Café con Riesgo, el coronel del Ejército del Aire y analista geopolítico Ángel Gómez de Ágreda alerta de un cambio de paradigma: el poder ya no se mide solo por capacidad militar o económica, sino por la influencia sobre la mente. Con suficientes datos, sensores y capacidad de proceso (IA, Cloud), la confrontación se desplaza al terreno cognitivo: el objetivo no es destruir infraestructuras, sino generar efectos psicológicos mediante narrativas, redes sociales y polarización.

En su libro Un mundo falaz, describe este tránsito desde la “posverdad” a la “post realidad”, no se trata de mentir puntualmente, sino de construir un marco estable de interpretación del mundo que condiciona decisiones individuales y colectivas.

Gómez de Ágreda subraya además la creciente asimetría entre grandes plataformas y Estados no sede, con ejemplos de crisis sociales donde gobiernos intentan frenar la escalada de odio y la respuesta corporativa llega tarde o con condiciones. Para Europa, advierte de un riesgo estratégico: sin producir tecnología, difícilmente puede regularla, quedando expuesta a dependencias críticas. En el horizonte, identifica la neurotecnología como riesgo emergente principal: su potencial para mejorar salud y calidad de vida convive con una amenaza de manipulación difícil de combatir.

Capital Radio

Hay una escena muy de nuestro tiempo que resume bastante bien dónde estamos. Pones la televisión, abres la prensa, escuchas la radio, entras en redes, y de pronto todo el mundo sabe de geopolítica. Igual que aquí siempre hemos sabido de fútbol, de coches o de cómo hacer una barbacoa perfecta, ahora también opinamos con soltura sobre Irán, Rusia, China, Europa, Estados Unidos y el orden mundial.

El problema no es opinar. El problema es creer que entendemos un tablero que cada vez se juega menos en el terreno físico y más en la mente de las personas.

Ese es el núcleo de una idea tan incómoda como necesaria: hoy el poder ya no consiste solo en mover ejércitos, controlar rutas comerciales o imponer sanciones. El poder consiste, sobre todo, en influir en cómo percibimos el mundo, qué sentimos y cómo actuamos.

Y ahí entran los datos, los algoritmos, las plataformas digitales, la inteligencia artificial, la desinformación, la manipulación emocional y una pregunta de fondo que merece mucha más atención de la que recibe: ¿quién está construyendo la realidad en la que vivimos?

La guerra ya no se libra solo sobre el terreno

Durante mucho tiempo tendimos a pensar los conflictos en términos clásicos. Un frente militar. Un pulso económico. Una disputa territorial. Un bloqueo. Un ataque. Una respuesta. Pero esa lectura se ha quedado corta.

Las guerras son, en el fondo, confrontaciones de voluntades. Y si una guerra es una confrontación de voluntades, entonces el campo decisivo no está solo en el mapa, sino en la mente humana.

Eso explica por qué hoy tiene tanto valor la capacidad de actuar directamente sobre la percepción colectiva. Con suficientes datos, sensores por todas partes, procesamiento en tiempo real, computación en la nube e inteligencia artificial, cambia por completo la manera de ejercer influencia.

Antes podía tratarse de destruir un puente. Hoy, muchas veces, importa más el efecto psicológico de lo que se comunica sobre ese puente, sobre ese ataque o sobre esa amenaza. Importa el impacto de un mensaje en redes, de una narrativa repetida miles de veces, de una corriente emocional que empuja a una sociedad entera en una dirección concreta.

No se trata solo de información. Se trata de emociones.

La percepción importa, pero las emociones mandan

Un matiz esencial para entender el momento actual es este: la percepción es relevante, sí, pero lo que realmente nos mueve a actuar son las emociones.

La raíz latina de emoción, emotio, está emparentada con movimiento. Eso ya da una pista. Sentimos primero, justificamos después. Nos indignamos, tememos, confiamos, odiamos, nos alineamos. Y una vez estamos emocionalmente comprometidos, interpretamos la realidad a través de ese filtro.

Por eso la lucha contemporánea no consiste únicamente en convencer con argumentos, sino en activar estados emocionales. Miedo. Agravio. Euforia. Ira. Pertenencia. Desconfianza.

Las percepciones son el vehículo. Las emociones, el motor.

Y esa es una de las razones por las que tanta gente cree estar pensando por sí misma cuando, en realidad, está reaccionando dentro de un marco emocional cuidadosamente construido.

De la desinformación a la posrealidad

Se habla mucho de desinformación, de bulos, de noticias falsas, de posverdad. Pero hay una idea todavía más inquietante: quizá ya no estemos simplemente en la posverdad, sino en la posrealidad.

La diferencia es enorme.

La desinformación clásica es puntual. Busca provocar una acción concreta en un momento determinado. Difundes una mentira o una verdad a medias para generar un efecto inmediato.

La posrealidad es otra cosa. Es más profunda y más estructural. Consiste en ir construyendo de manera sostenida una forma de entender el mundo. No solo se manipula un dato. Se modela un entorno mental. Se nos acostumbra a mirar en ciertas direcciones y a ignorar otras. A reaccionar de una manera y no de otra. A dar por naturales unas categorías, unos marcos, unas jerarquías.

Es una operación de largo plazo. Casi ambiental.

Como la metáfora de la rana en el agua que se calienta poco a poco, el problema no es solo el calor final, sino que el cambio es tan gradual que deja de percibirse. O como el agua para el pez, o el aire para nosotros: está tan presente que desaparece de nuestra atención.

Vivimos dentro de un ecosistema informativo mediado por pantallas. Y esas pantallas no nos muestran simplemente “lo que hay”. Nos muestran lo que alguien ha decidido priorizar, ordenar y hacer visible.

Platón tenía razón: seguimos dentro de la caverna

Hay ideas antiguas que explican mejor que muchas novedades el presente que habitamos. El mito de la caverna de Platón es una de ellas.

Seguimos viendo sombras. Solo que ahora las proyectan plataformas, algoritmos, sistemas de recomendación y narrativas distribuidas a escala industrial.

La cuestión ya no es únicamente que exista una realidad fuera de la caverna. La cuestión es que las sombras están siendo manipuladas de forma permanente para que interpretemos en dos dimensiones lo que en realidad tiene tres.

Por eso hacen tanta falta las humanidades para entender el presente. Filosofía, antropología, psicología. No como adorno cultural, sino como herramientas de supervivencia intelectual.

Si el problema central es cómo se orienta la conducta humana, entonces no basta con saber de tecnología. Hay que saber de personas. Hay que recuperar el juicio crítico. Hay que entrenar la capacidad de preguntarse si lo que uno está dando por obvio lo es de verdad o si simplemente ha sido inducido a considerarlo así.

Qué significa realmente “un mundo falaz”

La idea de Un mundo falaz dialoga claramente con Un mundo feliz, la novela de Aldous Huxley. Allí aparecía una sociedad distópica dividida en castas, condicionadas genética y psicológicamente para desempeñar un papel predeterminado.

La diferencia es que ahora no hace falta, al menos todavía, un condicionamiento genético para producir una sociedad dócil. Basta con un condicionamiento cognitivo y emocional sostenido por pantallas, plataformas y sistemas de distribución de información.

Ese mundo falaz es un mundo que no coincide exactamente con la realidad, sino con la interpretación interesada de la realidad que imponen quienes controlan los canales por los que circula nuestra atención.

Y ahí aparece un actor decisivo: las grandes compañías tecnológicas, en especial las estadounidenses y las chinas. No solo intermedian el acceso a la información. En muchos sentidos, estructuran la forma en la que esa información adquiere sentido social.

Empresas tecnológicas y gobiernos: quién manda realmente

Cuando se habla de la relación entre gobiernos y grandes plataformas conviene distinguir muy bien entre países.

Las grandes empresas digitales conviven de forma relativamente alineada con los gobiernos de los países en los que tienen su sede. Es el caso de Amazon, Google, Meta o tantas otras respecto a Estados Unidos. Ahí existe una convergencia de intereses. Las empresas buscan poder económico. El Estado busca capacidad política e influencia estratégica.

Pero fuera de ese núcleo, la relación cambia.

En muchos casos, son las empresas las que imponen su voluntad a los gobiernos. Y eso no es una exageración retórica. Hay ejemplos muy concretos en países donde la polarización social se ha disparado a través de redes sociales hasta desestabilizar gobiernos enteros.

Myanmar, Sri Lanka, Nepal. En situaciones así, los gobiernos han intentado contactar con plataformas como Meta para frenar dinámicas de odio o descontrol. Y la respuesta, directamente, ha sido ignorarlos. Solo cuando se amenaza con cortar el servicio aparece la interlocución. Y no para corregir el problema, sino para exigir la reactivación del servicio.

La conclusión es incómoda: muchos Estados, sobre todo los que no albergan a estas empresas, empiezan a quedar subordinados a decisiones corporativas que afectan a la cohesión social, la estabilidad política y la soberanía informativa.

Europa: cómoda, acomodada y cada vez más irrelevante

Europa sigue siendo una potencia en muchos sentidos, pero lleva tiempo viviendo de una inercia que ya no basta. Se ha acostumbrado a una temperatura confortable. A un “jacuzzi” político, económico y social diseñado según sus propios estándares de bienestar. El problema es que el mundo ya no está en esa temperatura.

Y cuando uno sale del jacuzzi, descubre que fuera hace frío y que otros llevan tiempo compitiendo, produciendo e innovando mientras Europa sigue pensando que su centralidad es natural.

Esa es una de las críticas más duras y más acertadas al momento europeo: el acomodo.

Europa sigue funcionando en parte como si el mundo todavía respondiera a una lógica heredada de la posguerra y, en cierta medida, de la etapa colonial. Externalizar esfuerzos y centralizar beneficios. Pero esa fórmula se ha agotado. Hoy quienes más se esfuerzan son quienes más capacidad están acumulando.

Y el golpe de realidad se percibe con nitidez cuando se vive en Asia o en el Golfo. La perspectiva cambia por completo. Se entiende hasta qué punto el centro de gravedad del mundo se ha desplazado. Se constata cómo muchas de las organizaciones que estructuraron el orden internacional tras la Segunda Guerra Mundial han perdido centralidad frente a alianzas más pequeñas, más pragmáticas y con intereses mucho más concretos.

Incluso la imagen de Europa como gran museo del mundo empieza a quedarse vieja. Ya hay lugares donde no esperan venir a contemplar el legado europeo. Lo reproducen allí mismo. El ejemplo del Louvre Abu Dhabi es especialmente gráfico, pero no es el único. La réplica ya no es homenaje. Es síntoma de desplazamiento.

El gran problema europeo: querer regular lo que no produce

Hay una idea especialmente importante en este debate: si no produces la tecnología, difícilmente puedes regularla con eficacia.

Si no desarrollas los modelos de inteligencia artificial, si no lideras la infraestructura digital, si no construyes las plataformas sobre las que circula la información, tu capacidad regulatoria siempre llega tarde y con menos fuerza.

Europa conserva talento, y mucho. Conserva resiliencia. Conserva masa crítica. Pero está atrapada en un ecosistema que a menudo frena la innovación y la capacidad de estar en la vanguardia del nuevo orden tecnológico y geopolítico.

El problema no es solo económico. Es estratégico. Y, a la larga, también cultural.

España: talento y resiliencia, pero lejos del foco aparente

En el caso español hay una paradoja clara.

Por un lado, España cuenta con ventajas comparativas reales. Hay talento. Hay capacidad de adaptación. Hay una resiliencia social notable. Pero, por otro, estamos en la retaguardia del frente europeo respecto a amenazas como la rusa, y eso hace que sintamos menos presión directa.

Ese matiz importa, porque tendemos a medir el riesgo por cercanía física, cuando en realidad el riesgo se mide por dos variables: la gravedad del impacto y la probabilidad de que ocurra.

Y hoy muchas amenazas relevantes ya no dependen tanto de la geografía. Son amenazas cognitivas, ciber, informacionales. Pueden atravesar fronteras con una facilidad absoluta.

Pensar que algo no nos afecta porque sucede lejos es un error de otro tiempo. El foco ya no está solo donde cae un misil. El foco también está donde una narrativa altera la conducta colectiva, rompe consensos, genera polarización o erosiona instituciones.

Japón, Finlandia y Taiwán: por qué algunos países resisten mejor

Hay países que están demostrando una mayor capacidad para defenderse frente a la guerra cognitiva y la desinformación. Entre ellos destacan Finlandia, Japón y Taiwán.

No es casualidad.

Son países que viven muy cerca, física o estratégicamente, de rivales potenciales de enorme peso, como Rusia o China. Esa proximidad los obliga a no relajarse. A desarrollar reflejos institucionales, culturales y educativos más sólidos. A introducir, por así decirlo, ese baño de agua fría que evita acomodarse demasiado tiempo en el agua caliente.

Mientras tanto, en otras partes de Europa todavía persiste la idea de que las amenazas siguen funcionando como antes, condicionadas sobre todo por la distancia geográfica. Y eso hoy es una lectura insuficiente.

La tecnología que más miedo da y más esperanza ofrece: la neurotecnología

Si hubiera que señalar una tecnología especialmente decisiva para los próximos años, esa sería la neurotecnología.

Y precisamente por una razón doble: es una tecnología que inspira preocupación y optimismo al mismo tiempo.

Preocupa porque abre la puerta a entender, interpretar e incluso influir en el funcionamiento del cerebro humano con una profundidad inédita. Si ese conocimiento se usa de forma abusiva, podría convertirse en una herramienta de manipulación extremadamente difícil de combatir.

Pero también genera esperanza, porque bien empleada puede mejorar de forma radical el tratamiento de enfermedades neurológicas y la calidad de vida de muchísimas personas.

Como sucede con tantas tecnologías de alto impacto, no es solo una cuestión técnica. Es una cuestión política, ética y antropológica. De ahí la relevancia creciente de debates como el de los neuroderechos.

El gran mito de la geopolítica actual: creer que todo es blanco o negro

En un entorno tan saturado de información, uno de los errores más habituales es caer en simplificaciones brutales. Elegir bando de forma instantánea. Pensar que todo conflicto se explica con una sola causa. Creer que hay un lado completamente bueno y otro completamente malo.

Ese es uno de los grandes mitos de la geopolítica contemporánea.

Las cosas no son blancas o negras. Los procesos históricos y estratégicos casi nunca tienen una única explicación. Hay causas múltiples, consecuencias cruzadas, intereses superpuestos, dilemas morales y grises incómodos.

La polarización simplifica la realidad, sí, pero también nos vuelve más manipulables. Cuanto más extremos son los marcos, menos espacio queda para el criterio propio. Y cuanto menos criterio propio, más fácil es empujarnos emocionalmente hacia una posición prefabricada.

Por eso una sociedad polarizada no solo está más dividida. Está también más expuesta.

Cómo defenderse en un mundo construido por otros

No existe una receta mágica para salir de este entorno, pero sí hay varias ideas fundamentales que conviene recuperar.

  • Volver a pensar. Pensar de verdad. No reaccionar. No repetir. No compartir de forma automática.
  • Reforzar las humanidades. Filosofía, psicología, historia, antropología. Entender a las personas es clave para entender la tecnología que intenta modelarlas.
  • Construir criterio en comunidad. El sentido común no se fabrica en aislamiento. Se fortalece contrastando, dialogando y poniendo a prueba nuestras intuiciones.
  • No confundir comodidad con seguridad. Estar confortables no significa estar preparados.
  • Asumir que la soberanía tecnológica importa. No se puede aspirar a regular con firmeza aquello que se depende de otros para usar.

En el fondo, la libertad individual y la autonomía colectiva exigen esfuerzo. Esfuerzo intelectual, esfuerzo institucional y esfuerzo tecnológico.

El reto de nuestro tiempo

El desafío ya no consiste solo en distinguir entre verdad y mentira. Consiste en identificar qué arquitectura de realidad nos están ofreciendo y con qué intereses.

Ese es el verdadero campo de batalla contemporáneo.

No basta con proteger fronteras físicas si dejamos abiertas de par en par las fronteras cognitivas. No basta con hablar de ciberseguridad si no entendemos la dimensión emocional y narrativa de los conflictos. No basta con denunciar bulos si no atendemos al sistema entero que produce marcos mentales, incentivos y sesgos de percepción.

Vivimos en un mundo donde la información ya no solo describe la realidad. La fabrica.

Y en ese mundo, conservar la capacidad de pensar con criterio propio es, probablemente, una de las formas más importantes de defensa que nos quedan.

Más información en: AREAXXI.com

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